LA SIERRA

LA SIERRA

En el Cauca realizamos un trabajo de campo entre ocho personas, las cuales nos dividimos en grupos de dos, acudiendo a cuatro destinos, que fueron: Lerma, El Tambo, La María y La Sierra. La intención fue realizar un informe que abarcara una amplia zona del Cauca. Yo estuve en La Sierra, donde se hizo especial énfasis en la problemática minera, pero durante los días que allí estuvimos se produjo algún suceso, el cual voy a relatar en lo básico porque si bien no va a ser parte del contenido del informe, es significativo de la situación de los Derechos Humanos en Colombia.

Llegando a La Sierra se nos dice que 15 días atrás habían asesinado a una mujer. La señora, de 32 años, vivía junto con su compañero y cuatro hijos de ella en una casa campesina, bastante apartada de la cabecera municipal. Como acostumbraban a hacer, el día de los hechos, sobre las siete de la mañana su compañero salió en moto de la casa dirigiéndose a la cabecera municipal, ella solicitó por teléfono el servicio de una moto-taxi a fin de que la acercaran, también, al centro del municipio. Toda vez que la moto-taxi se demoraba, decidió comenzar a caminar y salir al encuentro de la moto. Ese recorrido lo hizo con una niña de corta edad.

Llegando a una curva, cuatro hombres y una mujer, vestidos de camuflaje y con verdugos tapando los rostros, salieron de entre la maleza e interceptaron a la señora, comunicándole que le van a causar la muerte. El moto-taxista llega y acierta a ver la escena. En ella, uno de los hombres vestidos de militar indica al moto-taxista que se vaya, mientras éste puede oír como la mujer exclamaba preocupación tanto por la niña de corta edad, como por la persona del propio mototaxista; oyendo, también, como otro de los hombres solicitaba a los demás, que se dieran prisa en acabar la tarea. El cadáver de la mujer fue recogido con dos certeros disparos en la cabeza.

Un mes antes de nuestra llegada, su compañero iba en moto llevando de paquete a un sobrino. Se dirigían a casa, tras haber estado en un municipio vecino. Sintieron un disparo y el sobrino resultó herido en la espalda.

La situación a nuestra llegada pasaba, porque en la vereda, durante la noche, los perros ladraban alertando de que extraños merodeaban, manifestando algún vecino haber oído voces y el ruido que hacían personas mientras rondaban la vereda por la noche. Al parecer, se trataba de signos realizados por esas personas intencionadamente con el fin de que se supiera aún seguían en la zona.

En resumen, desde hacía un mes un comando de cinco personas, bien entrenadas, se encontraban en la vereda intentando acabar con esa familia, eludiendo acabar con la vida del señor, pues le dejaron pasar en moto emboscando a la mujer y dispararon al sobrino, mientras ambos circulaban en moto. Parece ser lo más probable que los componentes de ese comando llegaran por la panamericana, dejaran el coche en algún desvío, allí se cambiaran, y acudieran de manera intermitente y  durante un tiempo indeterminado a esa vereda con el fin de llevar a cabo su actividad. Así las cosas, el señor procuraba esconderse durante el día, cuidando de los pequeños, pero no le quedaba más solución que ir con los niños a su casa durante la noche.

Pudimos entrevistarnos con el señor y no supo explicarnos si el levantamiento del cadáver de su señora se hizo con las suficientes garantías o si se había abierto alguna investigación en el Juzgado. Tampoco se nos supo decir ni por él, ni por ninguna otra persona en el municipio si el moto-taxista había prestado declaración en el juzgado o si se había abierto algún tipo de investigación a fin de esclarecer los hechos. Se nos dijo que nada se estaría haciendo.

Al fin resultó que nada se hacía ni por la policía, ni por el juzgado. En la vereda se vivía el crimen con claras sospechas que se debía al paramilitarismo, interfiriendo todo ello en la vida política y social del municipio. Al fin, concluímos en que el ataque a esa familia obedecía a una venganza por dinero. Al parecer, alguien había tenido en el pasado sus más y sus menos con el señor y ahora había contratado a ese comando para que acabar con lo que más dolía a ese hombre; es decir, con su familia. Así, cuando lo encontramos, nos dijo que se vería obligado a desplazarse, pero que su familia quedaba allí y quedaba en evidente peligro. El comando, bien podía ser compuesto por desmovilizados de la guerrilla o del paramilitarismo, y ahora susceptibles de ser contratados a sueldo.

Tras horas de buseta pudimos acercarnos a la ciudad  y, así, poder consultar con un abogado el asunto. En la entrevista con un abogado de reconocido prestigio enseguida se descartó la investigación y el esclarecimiento de los hechos, planteándose como lo pertinente la solicitud de una indemnización a la administración.

Allí, en La Sierra, un municipio de 14.000 almas nadie pudo indicar a ese hombre protección alguna, ni ejercicio de derecho alguno, ni agente de la policía alguno le tranquilizó diciéndole pasearía algún hombre por la vereda o vigilarían la panamericana (las fuerzas armadas de Colombia se cifran en 500.000 miembros). Ninguna ayuda social hubo para esos niños y a nadie interesó la investigación de los hechos. En definitiva, una comunidad entera era testigo y miraba impotente como se sucedían los citados acontecimientos sin que estuviera previsto mecanismo alguno de respuesta, ni existiese lugar alguno al que poder acudir.

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